Publicado en Ene 13, 2009

La Caja Roja. Un nuevo «reality psicológico».

Publicado en Quisicosas
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No salgo de mi asombro desde que me he enterado de que telecinco está preparando un nuevo «reality ¿psicológico?» llamado «La caja«.

 

 

«LA CAJA está indicada para personas que sufran algún tipo de fobia, para aquellos que estén viviendo una ruptura sentimental, para los que no puedan controlar el odio o los celos, para los que hayan perdido un ser querido, para los que hayan pasado por la cárcel o para cualquiera que necesite un psicólogo. Para aquellos que sufren de adicción al sexo, al juego o al alcohol. Para anoréxicos, para personas obsesivas, para esquizofrénicos, para enfrentarse a los complejos… Para los que se hayan enamorado recientemente y mueran de amor, para los que hayan triunfado y no sepan asimilar el éxito,…»

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La cosa es sencilla. Parece ser que partimos de que el participante tiene que estar hecho polvo por algo gordo, entonces le meten en una caja y le empiezan a bombardear meditante sobreestimulación sensorial. Audiovisual, para ser más exactos. A mi juicio, un remake de la vieja psicosíntesis de Salvador Roquet. Y finalmente le mandan para su casita.

El incauto participante entra en un entorno totalmente desconocido como es un plató negro con una enorme caja roja en medio, sin saber bien qué va a pasar con él. Con las defensas psicológicas por los suelos, o sea, con todas las corazas desbordadas por la ansiedad y el miedo a lo desconocido (un participante afina más y dice «terror»), sumado a lo que ya traían puesto de casita y a la confianza ciega en quienes le están conduciendo (cuando una situación claramente te sobrepasa, o das media vuelta y te vas y mantienes el control, o te entregas totalmente a ella y lo pierdes)… pues en esas circunstancias, como decía, la gente rompe. Como lo oyen. Menuda sorpresa ¿no?. Para mear y no echar gota.

Unas catarsis emocionales en directo, que está tan de moda en la tele. Dicen que algunos personajes de la telebasura tienen distinta tarifa dependiendo de si lloran o no, por poner un ejemplo de la cotización al alza de la lágrima en estos tiempos de crisis. No se me van de la cabeza las muy acertadas críticas de Ana Gimeno-Bayón, en su libro «Comprendiendo la Psicoterapia de la Gestalt», dirigidas a los terapeutas «show-man», que buscan la intervención espectacular, cuanto más catártica mejor, para que lo flipe el respetable. Y luego al prota, si te he visto me falla la memoria, favor de disculparme.

Pero en fin, sigamos que esto todavía tiene miga. Según ellos, en una hora consigues lo que te llevaría 3 meses de terapia. ¡La caja es más que un psicólogo!… afirman. (Aunque en letra pequeña recuerdan que La Caja no sustituye la labor terapéutica. ¿Pero cómo? ¿Acaso no era «más»?).

A ver, un pelín estoy de acuerdo. Y me explico. Hay técnicas que juegan con los estados alterados de consciencia para acelerar determinados procesos que por «la vía natural» llevan incluso años. Eso me parece muy respetable. Pero esto es otra historieta y sobretodo mucho cuidadín, que las defensas están ahí por algo y si no estás completamente seguro de que puedes manejar aquello que hay detrás de sus muros, mejor ni las rasguñes.

No voy a poner en tela de juicio la profesionalidad del equipo de «psicólogos colegiados» del programa. Más que nada porque no tengo motivos justificados. Qué frase más políticamente correcta me ha quedado. Pena que sea falsa.

Todavía tengo pocos datos sobre el tema y según se vaya montando el espectáculo iré confirmando o refutando prejuicios. Pero a día de hoy la cosa está como sigue: no me fío un pelo de un equipo de psicólogos que buscan el entretenimiento del público haciendo psicoterapia en un plató. Espero ansiosamente sus explicaciones al respecto. Igual me tengo que tragar mis palabras. Pero no puedo evitar pensar que si su motivación es divulgativa, deberían hacer un documental. Y que no me vengan con que son para una audiencia muy minoritaria. Al Gore y Michael Moore, entre otros, ya han excretado sobre esa afirmación.

Así que, quizá con la excepción de las fobias (y sólo quizá), para las que entiendo que la sobreestimulación viene a ser un tipo de técnica de inundación que efectivamente puede dar buenos resultados, en casi cualquier otro caso todo eso me da un poco de yuyu. Espero, al menos, que se aseguren de que las personas tienen un apoyo psicológico de algún tipo como respaldo del numerito de circo que montan, ya que algo así tiene probabilidades de desencadenar un proceso largo, doloroso y desestructurante. Y también espero que lean un mensaje al final del programa como el que sigue:

«Esto es una intervención psicológica,
lea atentamente las referencias que avalan al que la realice
y consulte a su psicoterapeuta.»

Por supuesto todo leído muy rápido para ahorrar ese tiempo que tan valioso es en la tele.
Porque miedo me da, pánico diría yo, el aprendizaje vicario en determinados telespectadores. El «esto lo hago yo igual, que lo he visto en la tele y es muy fácil». Cursillisas de fin de semana que montan consulta el lunes. Recemos para que ese lunes, sea festivo.

Aunque, como todo, también puede tener su lado bueno. Quizá la gente empiece a tener una noción más acertada de lo que es la psicoterapia y no vuelvan a pasar (o escaseen), anécdotas como una de reciente cosecha en pleno intercambio de regalos de reyes en mi propia familia de origen. Os la reproduzco:

Un pariente: «Oye, te veo muy consumista y eso no pega nada con una psicóloga.»
Yo: —

¿Sabes cuando te das cuenta antes de abrir la boca de que es mejor que no digas nada? Pues ese fue el caso. El error es tan de raíz que no llegaría con una explicación verbal. Tan sólo nos enzarzaríamos en una discusión inútil. Hay cosas que mientras no se ven, no se ven. Y no hay argumento que valga.

Por eso creo que si un buen número de personas se dan cuenta de que la psicoterapia no tiene nada que ver con un canon moral preestablecido de cómo ser ¿perfecto? al que intentamos ajustar a nuestros pacientes, quizá haya merecido la pena. Siempre que el lunes de montar consultas sea festivo, por supuesto.

Así que, siguiendo mi propio consejo, finalizaré advirtiendo que:

«La Caja Roja es una intervención psicológica,
lea atentamente las referencias que avalan al que la realice
y consulte a su psicoterapeuta.»

Publicado en Mar 27, 2008

Ochocientas noventa y seis locas

Publicado en Cuentos propios
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Siento la forma esférica del pomo en la palma de la mano derecha. Es agradable. Una simbiosis perfecta entre la esfera y la mano; bien podría disfrutar de esta sensación un buen rato. Estos pensamientos no son más que distracciones ¿No te das cuenta? Abro la puerta con un gesto firme y seco y entro sin voluntad. No soy yo, soy el que me observa mientras abro y entro, es el único modo que conozco de vencer la cobardía. Cinco peldaños de bajada conducen a un espacio elíptico. Camino hacia adelante sin titubeos, con la vista al frente. A mi alrededor, ochocientas noventa y tres locas parecen no percatarse de mi irrupción entre ellas. Me envuelve una masa caótica de gestos crispados, cabezas retorcidas, posturas imposibles, miradas vueltas del revés… ¡No les mires a los ojos, joder, mira la puerta! Enfrente está la puerta de salida. Me falta una eternidad para llegar a esos escalones y me parece que estoy empezando a entrar en pánico. No seas cobarde ¡no pares de caminar! Unas guedejas ásperas me golpean la cara y tras ellas, un rostro exhibe ante mi un gesto indescifrable a la vez que me clava su mirada vuelta del revés. No me ve, lo sé. Un latido cargado de adrenalina ha conseguido que apure el paso, la respiración y el pánico. Si permanezco mucho más tiempo aquí, se me crisparán los brazos, se me retorcerá el cuerpo y perderé la mirada para siempre…. ¡para siempre! Qué dolor en el pecho, el corazón me late tan fuerte que me hace daño. Me siento tan alerta que podría perder los nervios de un momento a… No, no, no. Piensa en otra cosa. Ya falta poco. Sólo un tercio más de camino hasta el primer escalón. Aguanta. Sólo un tercio. No mires alrededor. ¡No pierdas de vista esa puerta! Joder, no me había dado cuenta del silencio que hay aquí. No se oye nada más que el sonido de mis pasos. Ochocientas noventa y tres locas no paran de moverse y no se oye nada… no es posible… Tengo ganas de llorar, de gritar, estoy a punto de derrumbarme… no podré… no… Un escalón, ¡sí, sí!… dos, tres, cuatro. Miro hacia atrás. ¡No estúpido, abre la maldita puerta ahora! ¿En qué demonios estás pensando? Esos… esos gestos son imposibles de mantener así, estáticos… esas posturas desafían la gravedad… silencio absoluto… ni un sólo movimiento. Las ochocientas noventa y tres locas se han detenido bruscamente, como si alguien le hubiese dado al “pause”. Pero hay una diferencia. Mil setecientos ochenta y seis ojos se dirigen hacia mi, me observan. Hieráticos. Mudos. Tengo ochocientas noventa y tres miradas vueltas del revés clavadas sobre mi. ¿Ese chillido histérico que acabo de oír ha salido de mi garganta? Nunca me hubiese creído capaz de pronunciar semejante sonido. Siento la forma esférica del pomo en la palma de mi mano derecha. Es agradable… bien podría disfrutar de esta sensación un buen rato. Pero estos pensamientos no me van a disuadir ahora. Me observo a mi mismo para vencer la cobardía. Abro la puerta con un gesto firme, seco y entro, sin voluntad…
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