Publicado en Feb 06, 2007

LA TIERRA DE LOS MUERTOS

Publicado en Cuentos propios
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Se despertó de repente. Estaba aturdido, aún a medio camino entre el sueño y la vigilia. Tenía el pulso acelerado y respiraba de un modo entrecortado y ruidoso. Todavía le parecía oír el eco de aquella voz profunda e inquietante susurrándole al oído:

“Nadie regresa de la tierra de los muertos”

Trató de tranquilizarse: “Tan sólo es un sueño”, se dijo. Pero un recuerdo lejano, el intento fallido de conspiración contra la corona que él y su hermana Isabel habían encabezado años atrás, regresó ahora a su mente, aumentando considerablemente su desasosiego.

En todo el día no logró deshacerse del poso de inquietud que dejó en su recuerdo el eco de aquel susurro. Ni siquiera se atrevió a mencionarlo, temiendo que las palabras pudiesen convertir el sueño en realidad, tejer algún hilo en el telar del destino y precipitar los acontecimientos.
Pero la misma escena se repitió a la mañana siguiente: el súbito despertar, el pulso acelerado, la respiración entrecortada… y de nuevo el eco de aquellas palabras, resonando en su mente como un peligroso canto de sirenas.

Camina escoltado por guardias entre una multitud que le observa solemnemente. En sus expresiones percibe una mezcla de curiosidad y sobrecogimiento que le inquieta; frente a él se alzan diez estrechos peldaños de madera. Cuando levanta la vista para ver a dónde conducen, un afilado destello le hiela el corazón y lo ciega por unos instantes en el momento en que alguien le susurra al oído:

“Nadie regresa de la tierra de los muertos”

Tras el destello, la imagen de la guillotina se vuelve clara y nítida. La adrenalina corre por sus venas causándole un dolor insoportable, mientras las palabras siguen golpeando su mente a punto de hacerle perder la razón.

El sueño volvió a repetirse aquella noche, y la siguiente; Rodrigo se sumió en un continuo estado de pánico, no albergando ya duda alguna sobre la inminencia de su propio fin. Sintiendo tan de cerca la presencia de la muerte, tuvo la imperiosa necesidad de despedirse de su hermana Isabel. Se hallaba a escasos metros de su destino, cuando empezó a oír un alboroto aumentando rápidamente en intensidad. Por todos lados veía gente apurando el paso, avisando a conocidos y vecinos, que dejaban de lado sus quehaceres para unirse a aquella misteriosa marcha. Un escalofrío le recorrió el cuerpo e impulsivamente, con un gesto firme, detuvo a un joven que se cruzó en su camino:

– ¡Haga el favor de decirme qué está pasando!

– ¿No se ha enterado, señor?

– No, ¡No sé qué pasa! ¡Habla, rufián, o te juro que..! – sin darse cuenta estaba zarandeando violentamente al muchacho.

– Tranquilícese, señor, ¡por favor!. Se trata de la ejecución pública de Isabel de Salazar, que fue arrestada hace tres días y hallada culpable de alta traición a la corona. Parece ser que su propio hermano Rodrigo de Salazar ha sido el delator.

– ¡Eso que dices es una calumnia! – chilló desesperado Rodrigo soltando al joven, que se echó a correr perdiéndose entre la multitud en un abrir y cerrar de ojos.

Rodrigo sintió que en aquel momento el canto de sirenas había ganado la batalla. Se halló de repente en tierra de nadie, abatido, desorientado, como surgido de un sueño; y así, sin saber muy bien qué hacía ni quién era, con la mirada perdida en un punto intermedio entre este mundo y el otro, siguió a la multitud. Entre el bullicio, de repente, distinguió una palabra “¡Ejecución!… ¡Ejecución!”. Pero ya no significaba nada para él.

Esa noche vuelve a soñar, como cada noche. Ya sólo recupera la cordura en sus pesadillas.
Ahora Rodrigo es Isabel. Con ritmo cansino recorre, uno tras otro, los escasos metros que le conducen al cadalso. Siente el murmullo de la gente –él entre ellos, seguramente-, pero prefiere mirar sus zapatos. Diez escalones le separan del sitio en el que va a morir.

Al despertar, una voz le susurra al oído:

“Nadie regresa de la tierra de los muertos”

Publicado en Feb 01, 2007

OJOS NEGROS

Publicado en Cuentos propios
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Por más que lo intento no puedo olvidar sus grandes ojos negros.

Aunque sé que ya nunca se fundirán de nuevo nuestras miradas, que su sonrisa no volverá jamás a despertar la mía y que sus besos son ya, tan sólo un recuerdo.

Ya no soy su confidente, el guardián de sus secretos, cómplice de sus noches de llanto y alcohol. Atrás quedaron los días en que cada mañana coqueteaba conmigo, mientras me susurraba, muy de cerca, palabras de amor y delirio.

El día en que cumplió cuarenta años, sus ojos revelaron, al fin, el odio que llevaba meses intuyendo tras su mirada. Fuera de si, lanzó un grito desesperado y un vaso de güisqui, que se rompió en mil pedazos y partió en dos mi alma.

Ahora sé que nunca me quiso como yo a ella.

Pero a pesar de todo, por más que lo intento, no puedo olvidar sus grandes ojos negros que durante un tiempo fueron toda mi vida. Esos ojos negros que ahora se clavan en mi, desfigurados, mientras me advierte con una mueca grotesca que de esta noche no pasa, que iré a parar a la basura, que le esperan siete largos años de mala suerte y que por eso, me odiará ya para siempre.

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