Eva de Camino al Paraíso

Mujer y Olivo

Agosto15

La mujer enferma de amor clásico que se sentaba bajo un olivo que no tenía ningún mochuelo, perdía su mirada en algún lugar entre Casiopea y las Pléyades, como es debido, mientras envolvía sus pensamientos suspirando un fino trazo en forma de nube.

El olivo -que no tenía ningún mochuelo, pero tenía una mujer enferma de amor clásico suspirando bajo sus ramas-, soñaba que volaba.

¡Buh-Húh! ¡Buh-Húh!

¡El olivo ulula!-, exclamó la mujer enferma de amor clásico. Y del sobresalto se quebraron los suspiros, desparramando sus pensamientos por el suelo y despertando al olivo.

La mujer -lo de matar dragones no entraba en sus planes-, se levantó, se sacudió los pensamientos desparramados y se fue a hacer la cena.

El olivo, ahora despierto, siguió soñando mochuelos.

¡Buh-Húh!

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En un café

Junio2

El hombretón que estaba sentado en la mesa de enfrente levantó la mirada del café que llevaba removiendo –sin saberlo– unos cinco minutos, cuando vi cómo la palabra tristeza resbalaba por sus mejillas.

Lenta, viscosa, desdibujada al igual que su mirada a través del cristal de la ventana salpicada de lluvia. Ya no removía el café, se limitaba a sostener la cucharilla dentro de la taza como si el tiempo se hubiese congelado en ese preciso momento.

Cuando la tristeza alcanzó la barbilla, los labios –con un temblor casi imperceptible– se entreabrieron. Quizá por el peso de la palabra. Quizá preñados de un suspiro sin aliento suficiente para nacer.

La palabra acabó cayendo dentro de la taza, el hombre salió de su letargo, y bebió un sorbo largo y lento de café frío.

Ochocientas noventa y seis locas

Marzo27

Siento la forma esférica del pomo en la palma de la mano derecha. Es agradable. Una simbiosis perfecta entre la esfera y la mano; bien podría disfrutar de esta sensación un buen rato. Estos pensamientos no son más que distracciones ¿No te das cuenta? Abro la puerta con un gesto firme y seco y entro sin voluntad. No soy yo, soy el que me observa mientras abro y entro, es el único modo que conozco de vencer la cobardía. Cinco peldaños de bajada conducen a un espacio elíptico. Camino hacia adelante sin titubeos, con la vista al frente. A mi alrededor, ochocientas noventa y tres locas parecen no percatarse de mi irrupción entre ellas. Me envuelve una masa caótica de gestos crispados, cabezas retorcidas, posturas imposibles, miradas vueltas del revés… ¡No les mires a los ojos, joder, mira la puerta! Enfrente está la puerta de salida. Me falta una eternidad para llegar a esos escalones y me parece que estoy empezando a entrar en pánico. No seas cobarde ¡no pares de caminar! Unas guedejas ásperas me golpean la cara y tras ellas, un rostro exhibe ante mi un gesto indescifrable a la vez que me clava su mirada vuelta del revés. No me ve, lo sé. Un latido cargado de adrenalina ha conseguido que apure el paso, la respiración y el pánico. Si permanezco mucho más tiempo aquí, se me crisparán los brazos, se me retorcerá el cuerpo y perderé la mirada para siempre…. ¡para siempre! Qué dolor en el pecho, el corazón me late tan fuerte que me hace daño. Me siento tan alerta que podría perder los nervios de un momento a… No, no, no. Piensa en otra cosa. Ya falta poco. Sólo un tercio más de camino hasta el primer escalón. Aguanta. Sólo un tercio. No mires alrededor. ¡No pierdas de vista esa puerta! Joder, no me había dado cuenta del silencio que hay aquí. No se oye nada más que el sonido de mis pasos. Ochocientas noventa y tres locas no paran de moverse y no se oye nada… no es posible… Tengo ganas de llorar, de gritar, estoy a punto de derrumbarme… no podré… no… Un escalón, ¡sí, sí!… dos, tres, cuatro. Miro hacia atrás. ¡No estúpido, abre la maldita puerta ahora! ¿En qué demonios estás pensando? Esos… esos gestos son imposibles de mantener así, estáticos… esas posturas desafían la gravedad… silencio absoluto… ni un sólo movimiento. Las ochocientas noventa y tres locas se han detenido bruscamente, como si alguien le hubiese dado al “pause”. Pero hay una diferencia. Mil setecientos ochenta y seis ojos se dirigen hacia mi, me observan. Hieráticos. Mudos. Tengo ochocientas noventa y tres miradas vueltas del revés clavadas sobre mi. ¿Ese chillido histérico que acabo de oír ha salido de mi garganta? Nunca me hubiese creído capaz de pronunciar semejante sonido. Siento la forma esférica del pomo en la palma de mi mano derecha. Es agradable… bien podría disfrutar de esta sensación un buen rato. Pero estos pensamientos no me van a disuadir ahora. Me observo a mi mismo para vencer la cobardía. Abro la puerta con un gesto firme, seco y entro, sin voluntad…

UNA GUERRA ABSURDA

Abril11


Comenzaba a oscurecer cuando apareció en el campamento un muchacho joven, de unos veintitantos años; no llevaba mochila ni ropa de montaña. Ni siquiera calzado adecuado. Todos nos quedamos muy sorprendidos al verle llegar. Nos encontrábamos en un lugar poco conocido al que sólo se podía acceder después de día y medio de camino a pie.

– ¿Y tú de dónde sales, chaval? –, recuerdo haber preguntado.

El muchacho bajó la vista, se encogió de hombros, inspiró profundamente y sin perder la cadencia lenta y liviana con la que había llegado hasta allí, comenzó a relatarnos su historia.

Nos contó cómo había aparecido una mañana cualquiera, tres o cuatro meses atrás, en medio de un campo de batalla absurdo. Como si de pronto hubiese despertado de un sueño, pero sin un sólo recuerdo de quién era, ni de cómo había llegado hasta allí.

– ¡Eh! ¡Tú! ¡Sal de ahí, loco! ¡Te van a matar!, –le había gritado una voz lejana que parecía surgir desde el fondo de una trinchera, justo detrás de un brazo que gesticulaba enérgicamente.

Le llevó unos instantes tomar consciencia del lugar en el que se hallaba. Desconcertado, se encaminó lentamente hacia aquel brazo gesticulante, mientras a lo lejos, el rumor de la batalla no parecía cesar ni por un instante. En un momento dado, temió por su vida y echó a correr.

– ¡Aquí, aquí! –gritaba el brazo mientras seguía agitándose–, ¡corre muchacho! ¡hacia aquí! ¡rápido!

Unos disparos comenzaron a oírse muy cerca. Casi podía sentir el aliento de las balas silbando junto a sus oídos. Cuando sólo le faltaban unos pasos para llegar a la trinchera, tropezó y cayó aparatosamente de bruces al suelo. En ese momento, el mismo brazo que hasta entonces había estado llamándole se alargó desde su escondite y, con un gesto rápido, tiró de él.
Por un instante – nos dijo –, no supo si estaba huyendo de la muerte o yendo hacia ella.

– ¿Te han alcanzado, muchacho? ¿estás herido? –dos hombres, de edad avanzada, le miraban fijamente. Vestían unos viejos uniformes militares, bastante sucios y desgastados.

– Estoy bien, tan sólo he tropezado, –dijo temblando.

– Por el modo en que caíste, pareció que te hubiese alcanzado una bala por la espalda ¿verdad Oliverio? -dijo el otro hombre, que sostenía un viejo fusil entre sus manos, todavía con el dedo en el gatillo–. ¿Cómo te llamas muchacho?

– Y… ¿de dónde demonios sales? –se apresuró a añadir el tal Oliverio.

– La verdad es que no lo sé. No consigo recordar nada –dijo el muchacho después de reflexionar unos instantes–, tan sólo recuerdo que le oí gritar y que vi su brazo haciéndome señas para que me pusiera a cubierto. En cuanto pude reaccionar eché a correr hacia aquí. No puedo decirles nada más.

Los dos hombres cruzaron entre si una mirada de complicidad, como si estuviesen de acuerdo en que aquel chico no se hallaba del todo en sus cabales.

– Y ustedes, ¿qué hacen aquí? ¿qué guerra es esta?

– ¡La gran guerra! –contestaron ambos al unísono, como si la respuesta fuese más que obvia.

– La gran guerra… Nunca he oído hablar de ella. ¿Cuándo empezó?

– Pues verás, muchacho, nosotros no lo recordamos. Mi hermano y yo nacimos aquí. Y según nos han contado nuestros padres, ellos también nacieron aquí… y también los padres de nuestros padres.

– ¿Aquí?… ¿Aquí, dónde?

– ¿Dónde va a ser?… ¡En la trinchera!

Ahora era yo –nos dijo el muchacho–, el que creía haber topado con dos desequilibrados. Decidí que lo mejor sería averiguar cuanto antes cómo podía salir de allí.

– ¿Qué dirección debo tomar para alejarme de esta guerra?, –los dos hombres se miraron con expresión incrédula.

– ¿Alejarte de la guerra? ¡Ni lo intentes, muchacho! Nadie que haya salido de aquí ha regresado jamás con vida. Sólo quedamos nosotros dos. Y en un tiempo éramos muchos de familia, ¿verdad Oliverio?… papá, mamá, el abuelo Matías, la tía Francisca, los primos: Juan y…

– Pero –interrumpió el muchacho, que estaba empezando a impacientarse–, hace ya un buen rato que no se oyen disparos cerca ¿no les parece? Quizá sea seguro salir.

– ¡Uy, hijo! Disparos cerca… ¡hace mucho tiempo que no se oyen! Antes incluso de que se fuera el primo Juan ¿verdad Oliverio?, hará ahora unos cinco o seis años.

– Pero, ¡si yo mismo oí disparos cuándo corría hacia aquí!

– ¡Claro! –dijo Oliverio, mirando al muchacho con una expresión compasiva–. Mi hermano te cubría las espaldas con su fusil mientras tú corrías hacia aquí. Siempre hay que estar alerta ante el enemigo. ¡Nunca se sabe!

– Han sido ustedes muy amables caballeros. Pero creo que ha llegado la hora de irme.

El muchacho, decidido, trepó al borde de la trinchera y se alejó de allí con paso tranquilo.

– ¿A dónde vas, loco? ¡vuelve aquí! ¡corre! –Se paró un momento, miró hacia atrás y pudo ver un brazo gesticulando enérgicamente allí dónde se oían los gritos de Oliverio–. ¡No volverás con vida! ¡vuelve aquí muchacho! ¡rápido!

Junto al brazo apareció el cañón de un fusil, que empezó a disparar con la intención de cubrirle. De repente, sintió una gran compasión y un profundo agradecimiento hacia aquellos dos hombres que, de corazón, deseaban librarle de una muerte que consideraban segura.

– ¡Adiós! ¡cuídense!… ¡muchas gracias por todo! –, les gritó. Y siguió caminando. El rumor de aquella batalla lejana se fue disipando cada vez más hasta que desapareció.

– Poco después – nos dijo el chico–, llegué a la plaza de un pueblo.

– ¿Como te llamas, muchacho? –pregunté al cabo de un rato en que todos habíamos permanecido en silencio.

– Les acabo de contar que no lo sé, –nos dijo.
Fue entonces cuando empezamos a pensar que aquel chico necesitaba ayuda. Decidí indagar un poco más.

– Y eso que nos acabas de contar… ¿Dónde ocurrió?

– Intenté regresar, pero no fui capaz de volver a encontrar aquella trinchera. Al principio pensé que había olvidado el camino. Hasta que me di cuenta de que no se trataba de un hecho aislado. Una vez que abandono un lugar, no puedo volver a él ni siquiera instantes después de haberme ido. Ya no está allí. En su sitio me encuentro siempre algo totalmente diferente. Por eso, al abandonar aquella guerra absurda, llegué a la plaza de un pueblo. Y justo antes de encontrarles, venía de una playa preciosa, de arena fina y aguas tranquilas.
Las miradas de todos nosotros se cruzaron. Probablemente del mismo modo en que se habían cruzado las miradas de aquellos dos soldados, en la historia que nos acababa de contar.

– ¿Saben? He llegado a acostumbrarme a esto. Pero también les diré que pago un precio muy alto. Estoy condenado a una forma muy cruel de soledad. Ustedes, por ejemplo, han venido hasta aquí juntos pero yo he de viajar siempre solo, aún en contra de mi voluntad. Ustedes saben quienes son, cómo se llaman y cual es su origen. Yo, probablemente, nunca podré averiguarlo.

Ya era tarde, hacía un buen rato que había oscurecido y decidí que lo mejor sería que todos nos fuésemos a dormir y quizá al día siguiente pudiésemos aclarar algo más de toda aquella extraña historia.

– ¿Por qué no pasas la noche con nosotros? –le sugerí–, puedes dormir en mi tienda. Y no te preocupes, llevamos siempre una de repuesto por lo que pueda pasar. Esta noche descansa y mañana seguiremos charlando.

Abrí la cremallera y con un gesto le invité a entrar. Sonrió, mirándome de un modo que no he podido olvidar, dio las gracias a todos y entró.

A la mañana siguiente, no pudimos encontrar ni rastro de aquel chico. Organizamos una búsqueda intensiva por los alrededores sin resultado alguno. Sólo encontramos una huella de zapato justo a la entrada de mi tienda de campaña, donde se supone que había pasado la noche. Tan sólo una, tan sólo un paso hacia el interior, como si el otro pie nunca hubiese llegado a tocar el suelo. Pero lo más extraño fue que nos encontrábamos en medio de las montañas, a más de 400 kilómetros de la costa, y aquella huella estaba formada principalmente por una fina y dorada capa de arena de playa.

LA TIERRA DE LOS MUERTOS

Febrero6

Se despertó de repente. Estaba aturdido, aún a medio camino entre el sueño y la vigilia. Tenía el pulso acelerado y respiraba de un modo entrecortado y ruidoso. Todavía le parecía oír el eco de aquella voz profunda e inquietante susurrándole al oído:

“Nadie regresa de la tierra de los muertos”

Trató de tranquilizarse: “Tan sólo es un sueño”, se dijo. Pero un recuerdo lejano, el intento fallido de conspiración contra la corona que él y su hermana Isabel habían encabezado años atrás, regresó ahora a su mente, aumentando considerablemente su desasosiego.

En todo el día no logró deshacerse del poso de inquietud que dejó en su recuerdo el eco de aquel susurro. Ni siquiera se atrevió a mencionarlo, temiendo que las palabras pudiesen convertir el sueño en realidad, tejer algún hilo en el telar del destino y precipitar los acontecimientos.
Pero la misma escena se repitió a la mañana siguiente: el súbito despertar, el pulso acelerado, la respiración entrecortada… y de nuevo el eco de aquellas palabras, resonando en su mente como un peligroso canto de sirenas.

Camina escoltado por guardias entre una multitud que le observa solemnemente. En sus expresiones percibe una mezcla de curiosidad y sobrecogimiento que le inquieta; frente a él se alzan diez estrechos peldaños de madera. Cuando levanta la vista para ver a dónde conducen, un afilado destello le hiela el corazón y lo ciega por unos instantes en el momento en que alguien le susurra al oído:

“Nadie regresa de la tierra de los muertos”

Tras el destello, la imagen de la guillotina se vuelve clara y nítida. La adrenalina corre por sus venas causándole un dolor insoportable, mientras las palabras siguen golpeando su mente a punto de hacerle perder la razón.

El sueño volvió a repetirse aquella noche, y la siguiente; Rodrigo se sumió en un continuo estado de pánico, no albergando ya duda alguna sobre la inminencia de su propio fin. Sintiendo tan de cerca la presencia de la muerte, tuvo la imperiosa necesidad de despedirse de su hermana Isabel. Se hallaba a escasos metros de su destino, cuando empezó a oír un alboroto aumentando rápidamente en intensidad. Por todos lados veía gente apurando el paso, avisando a conocidos y vecinos, que dejaban de lado sus quehaceres para unirse a aquella misteriosa marcha. Un escalofrío le recorrió el cuerpo e impulsivamente, con un gesto firme, detuvo a un joven que se cruzó en su camino:

– ¡Haga el favor de decirme qué está pasando!

– ¿No se ha enterado, señor?

– No, ¡No sé qué pasa! ¡Habla, rufián, o te juro que..! – sin darse cuenta estaba zarandeando violentamente al muchacho.

– Tranquilícese, señor, ¡por favor!. Se trata de la ejecución pública de Isabel de Salazar, que fue arrestada hace tres días y hallada culpable de alta traición a la corona. Parece ser que su propio hermano Rodrigo de Salazar ha sido el delator.

– ¡Eso que dices es una calumnia! – chilló desesperado Rodrigo soltando al joven, que se echó a correr perdiéndose entre la multitud en un abrir y cerrar de ojos.

Rodrigo sintió que en aquel momento el canto de sirenas había ganado la batalla. Se halló de repente en tierra de nadie, abatido, desorientado, como surgido de un sueño; y así, sin saber muy bien qué hacía ni quién era, con la mirada perdida en un punto intermedio entre este mundo y el otro, siguió a la multitud. Entre el bullicio, de repente, distinguió una palabra “¡Ejecución!… ¡Ejecución!”. Pero ya no significaba nada para él.

Esa noche vuelve a soñar, como cada noche. Ya sólo recupera la cordura en sus pesadillas.
Ahora Rodrigo es Isabel. Con ritmo cansino recorre, uno tras otro, los escasos metros que le conducen al cadalso. Siente el murmullo de la gente –él entre ellos, seguramente-, pero prefiere mirar sus zapatos. Diez escalones le separan del sitio en el que va a morir.

Al despertar, una voz le susurra al oído:

“Nadie regresa de la tierra de los muertos”

OJOS NEGROS

Febrero1

Por más que lo intento no puedo olvidar sus grandes ojos negros.

Aunque sé que ya nunca se fundirán de nuevo nuestras miradas, que su sonrisa no volverá jamás a despertar la mía y que sus besos son ya, tan sólo un recuerdo.

Ya no soy su confidente, el guardián de sus secretos, cómplice de sus noches de llanto y alcohol. Atrás quedaron los días en que cada mañana coqueteaba conmigo, mientras me susurraba, muy de cerca, palabras de amor y delirio.

El día en que cumplió cuarenta años, sus ojos revelaron, al fin, el odio que llevaba meses intuyendo tras su mirada. Fuera de si, lanzó un grito desesperado y un vaso de güisqui, que se rompió en mil pedazos y partió en dos mi alma.

Ahora sé que nunca me quiso como yo a ella.

Pero a pesar de todo, por más que lo intento, no puedo olvidar sus grandes ojos negros que durante un tiempo fueron toda mi vida. Esos ojos negros que ahora se clavan en mi, desfigurados, mientras me advierte con una mueca grotesca que de esta noche no pasa, que iré a parar a la basura, que le esperan siete largos años de mala suerte y que por eso, me odiará ya para siempre.

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