Eva de Camino al Paraíso

El pájaro y el mástil

Enero24

Conocí cierto día la historia de un hermoso pájaro.
Se durmió en lo más alto del mástil de un velero. Y mientras la noche sacaba sus cuernos amarillos, el barco se hizo a la mar.
Y el pájaro, profundamente dormido, no se percató de aquella nueva singladura.
El buque fue adentrándose en la noche y la ciudad dejó de pintar arabescos blancos en las aguas.
Al amanecer, el ojo rojo del cíclope que habita en los cielos terminó por despertar al ave.
Sobresaltada, y comprendiendo que el velero navegaba hacia lo desconocido, desplegó sus alas y emprendió el vuelo.
El pájaro, angustiado, trató de descubrir las tierras seguras donde siempre había vivido. Pero el mar había robado el horizonte.
Escudriño entonces hacia el Poniente, en busca de aquel familiar ejército verde y amarillo que formaban los pinos de la breña.
Pero las olas violetas se rieron del indefenso pájaro.
El terror empezó entonces a encharcar su corazón.
Y el ave trató de hallar refugio en las nubes.
Mil alfanjes de hielo cayeron entonces sobre sus plumas y poco faltó para que se precipitara al océano.
En un último esfuerzo puso proa al sol. Pero aquel gigante, al que había visto levantarse redondo y pesado al amanecer, también había aprendido a volar. Y el pájaro entendió que el cíclope no era de su bandada.
Exánime, desorientado y con las cuencas azules de la muerte bajo sus patas, el ave se fijó en la arboladura de aquel velero sobre el que había despertado.
Y retornó a lo alto del mástil. Algún tiempo después, la eternidad verde y ondulada del mar depositó al navío en otro puerto.
El pájaro voló entonces alegre y confiado hasta la selva.

¿Es que existe algo más seguro que la propia conciencia?

J.J. Benítez (extraído de “Sueños”).

Theodore Sturgeon

Octubre2

Hace unos pocos días tuve la enorme suerte de leer un cuento de Theodore Sturgeon, un autor hasta entonces totalmente desconocido para mi.

Un sólo cuento, tan sólo veintitantas páginas de negro sobre blanco han conseguido que mi alma le otorgue, en mi peregrinación particular por la vida, el título vitalicio de compañero de viaje.

Se trata del cuento Escultura Lenta

Te recomiendo que lo imprimas, busques una postura cómoda y lo disfrutes. Los pañuelos de papel son opcionales (aunque advierto del posible efecto secundario), no precisamente porque sea un cuento triste, sino porque a mi parecer, es de una belleza extrema. Refleja la tragedia humana, me atrevo a decir, con la profundidad de un Shakespeare, tejida de un modo magistral con una elegante ciencia-ficción.

Si lo lees y te gusta (o no), me encantará que me dejes un comentario

Vestiduras

Junio21

Un día, la belleza y la fealdad se encontraron en una playa, y se dijeron:

Bañémonos en el mar…

Entonces se quitaron la ropa y empezaron a nadar en las aguas. Pasado un rato, la fealdad volvió a la playa, se vistió con la ropa de la belleza y se fue.

Y la belleza también salió del mar y no encontró su ropa, y como era demasiado tímida para andar desnuda, se vistió con la ropa de la fealdad y siguió su camino.

Y desde entonces hasta hoy, hay hombres y mujeres que se engañan, y confunden a una de ellas con la otra.

Sin embargo, hay quienes han contemplado el rostro de la belleza y la reconocen, pese a sus vestiduras. Y hay quienes conocen el rostro de la fealdad, sin que sus ropas la oculten a sus ojos.

Gibran Khalil Gibran.

Reencontrado en el blog Razón o Verdad.

Tejidos

Junio16

Quien escribe, teje.
Texto proviene del latín, “textum” que significa tejido.
Con hilos de palabras vamos diciendo,
con hilos de tiempo vamos viviendo.
Los textos son como nosotros:
tejidos que andan.

Eduardo Galeano.

Para la cátedra de historia

Junio16

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Hace unos quince mil millones de años, según dicen los entendidos, un huevo incandescente estalló en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas y a los mundos.

Hace unos cuatro mil o cuatro mil quinientos millones de años… año más, año menos… la primera célula bebió el caldo del mar y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

Hace unos dos millones de años, la mujer y el hombre, casi monos, se irguieron sobre sus dos patas, y alzaron los brazos, y se abrazaron… y se entraron… y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse cara a cara mientras estaban en eso.

Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego que los ayudó a defenderse del invierno.

Hace unos trescientos mil años la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras y creyeron que podían entenderse… y en eso estamos… en eso estamos todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras…

Eduardo Galeano

LA PRISIONERA (Micro-cuento)Juan Eduardo Zúñiga

Noviembre8

Estoy en el jardín de un antiguo palacio que no sé de quién fue ni cuál es hoy su dueño. La tarde es húmeda, y otoñal el ocaso; en el blando suelo las hojas mueren adheridas al barro. No hace viento, no oigo ningún ruido entre los árboles que forman paseos en los que mudas estatuas, sobre pedestales de hiedra, alzan su desnudez.

Quisiera recorrer este extraño jardín, pero estoy quieto. Nadie lo visita, nadie hace crujir el puentecillo de madera sobre el constante arroyo. Nadie se apoya en las balaustradas del parterre ante la fila de bustos que la intemperie enmascaró con manchas verdinegras.

Estoy ante la gran fachada cubierta de ventanas que termina en altas chimeneas sobre el oscuro alero del tejado. Todo en ella muestra haber sufrido los ataques del tiempo pero estos rigores no dañaron a la única ventana que yo miro. Cada día, tras los cristales, aparece ella, su delicada silueta, y aparta la cortina de tul y largamente pasea su mirada por los senderos que se alejan hacia el río. Vestida de color violeta, siempre seria, eternamente bella, conserva su rostro juvenil, su gesto de candor, atenta a la llegada de alguien que ella espera. Inmóvil, tras el cristal, no habla, no muestra si acepta mi presencia, acaso no me ve. Resignada se dobla mi cabeza sobre el hombro mordido por las lluvias; desearía que sus dedos me rozasen antes de que su mano se haga transparencia. Desfallece mi cabeza enamorada; tras mis ojos vacíos atesoré palabras y palabras de amor dedicadas a ella. Acaso un día logren mover mis labios de durísima piedra.